Confesiones de una perfecta imperfecta

Pues sí, hoy me defino con orgullo como una chica perfectamente imperfecta, pero en otros tiempos no fue así, más bien me machacaba a mí misma considerándome imperfectamente imperfecta.

Seguramente todo venga por la época del cole y me quiero confesar con vosotras, porque aunque en su momento lo que viví me convirtió en una niña frágil hoy ha hecho que sea una tía fuerte que intenta plasmar en sus camisetas todo eso que ha ido aprendiendo.

Bueno, pues cuando yo iba al cole ni existía la palabra bullying (acoso escolar) ni se hablaba de ella en los medios. Existían los niños cabrones y maleducados, igual que ahora, que necesitan humillar a otros para sentirse superiores o aceptados. La cosa es que yo, que siempre fui una niña muy observadora y lista, me daba cuenta de que era así, de que era por eso, de que los inferiores eran ellos, pero aún así me afectaba que se rieran de mí. Al fin y al cabo por muy lista que fuera sólo era una niña y una niña lo que quiere es tener muchos amigos y divertirse con ellos.

La excusa que buscaron para meterse conmigo es que era muy delgada, vaya cosa, aunque en el fondo el motivo no era otro que ser una niña tímida, aplicada y querida por los profes en un cole que estaba lleno de garrulillos y maleantes. Garrulillos y maleantes sí, pero que seguramente en su fuero interno imaginaban ser tan aplicados y queridos por los profes como lo era la tirillas a la que insultaban. La cosa es que aunque yo tenía cabeza para ser consciente de eso me iba cambiando mi forma de actuar y mi personalidad.

Uno de los momentos que más odiaba era que me tocase salir a la pizarra, recuerdo que rezaba para que no dijeran mi nombre porque los niños empezaban a decirme “chasis” entre ataques de tos fingidos. Yo sabía que chasis no era algo bonito, pero como Google no existía pues no podía ver una imagen de lo que era. Lo busqué en un diccionario en casa y decía algo así como “armazón del coche”, así que no entendía nada. Un tiempo después me enteré de que era el “esqueleto” del coche y entonces lo entendí todo. Otros términos sí que los entendí a la primera: tabla de planchar, la “sinculo”, “esqueletor”…

El truco: no destacar

Me di cuenta que siempre me decían esas cosas en momentos en los que me dejaba ver o que destacaba como alumna: si tenía que salir de clase para ir al baño, si tenía que responder a una pregunta, cuando me tocaba leer en alto, cuando los profes me felicitaban por mi nota en algún examen, durante las clases de educación física… Así que opté (ay, qué tonta) por dejarme ver lo menos posible y por no parecer una alumna tan ejemplar.

Trataba de no beber agua y si tenía pipí me aguantaba, si me preguntaban en clase fingía no saber la respuesta, si me tocaba leer hacía que me atascaba alguna vez y en gimnasia cuando no colaba que me dolía algo me iba poniendo la última de la fila e intentaba escaquearme. Gimnasia era curiosamente la única asignatura en la que sacaba suficiente en vez de sobresaliente. Me ponía tan nerviosa porque sabía que iba a escuchar algún insulto de fondo que todos los ejercicios me salían mal, así que empecé a pensar que era una inútil en el deporte, y así, empecé a ser también la inútil en las clases de gimnasia para el resto…

Y de ese modo, entre inseguridades que ahora me parece imposible creer que sintiera, me fui haciendo adolescente. Mis compañeras “se desarrollaron” muy pronto, ya me entendéis, pero yo seguía teniendo cuerpecillo de niña. Ellas ya se vestían como mujeres y a mí me seguía vistiendo mi madre con vestidos de Minnie Mousse. Ellas empezaban a ligar con los chicos mientras yo tenía mi habitación llena de muñecas. Las mallas de flores en las clases de gimnasia no me favorecían demasiado y para intentar rellenar los vaqueros anchotes de aquella época me ponía otros dos pantalones por debajo para hacer bulto (madre mía, qué calor) Intentaba también hacerme coletas altas en el pelo como mis compañeras para parecer más moderna pero una sola vez se metieron con mis orejas y nunca más me volví a recoger el cabello. Para colmo me llené de acné y por más mascarillas de arcilla que me ponía en casa no había forma de que desapareciera…

Y de repente llegó ella…

Y en medio de todo aquello ocurrió algo que cambió mi vida, para bien y para mal. Yo siempre había sido, como decía mi madre, la defensora de las causas pobres. Antes incluso de ser yo con la que se metían siempre me juntaba y defendía, incluso a puñetazos, a los niños más solitarios o más débiles, algo que no hacía ni por mí. De repente, cuando yo ya había pasado de alguna manera a ser la débil y pasaba mi tiempo con mi grupito de “raros” (¡ay, qué pena no darme cuenta en aquel momento que los “raros” éramos lo más!) me encontré llorando a una de las chicas populares en el patio.

Ella no era de las que se metían directamente con la gente, pero sí de las que a veces reía las gracias por ser aceptada. Me contó que la habían dejado todos de lado por un lío de chicos con una de las más “chungas” del instituto. No recuerdo muy bien cómo fue la conversación, sólo sé que le dije que se juntara con nosotras, que no éramos como los demás y desde ese día nos hicimos inseparables. Ambas nos sorprendimos de que pudiéramos divertirnos tanto juntas, de que nos entendiéramos tan bien, de que tuviéramos tantas cosas en común… Pero claro, ahora la víctima era ella, a la que no sólo insultaban, sino que además pegaban fuera del colegio.

Pues yo, como os decía antes, en esos casos sacaba la valentía que no tenía para mí. No sé ni cómo, pero aquella chusma empezó a respetarme. Para que no la hicieran nada a ella la esperaba por la mañana en la puerta del colegio para entrar juntas, y a la salida lo mismo hasta que llegaba su autobús. Así, hasta que una mañana la esperé y la esperé, pero nunca más la volví a ver. Aquella mañana no vino en autobús. Había salido tarde de casa y su primo la ofreció acercarla en moto. Y ahí, en un fatídico accidente, Carol perdió la vida a los 15 años.

Yo acudí a su entierro con mi familia, pero desde el instituto pusieron un autocar para que pudieran acudir los compañeros. En ese momento me di cuenta de hasta qué punto podía llegar la bajeza del ser humano cuando vi a las que la habían amargado sus últimos años de vida allí sentadas, durante la misa.

Cuando después de unos días volví al instituto supe que nada sería cómo antes. Ni débil, ni inútil, ni rara, ni flaca ni nada, jamás dejaría que me hicieran sentir menos que nadie ni que me amargaran la vida. Cuando en un intento de lavar su conciencia aquel grupo de delincuentes se acercó a mí de buenas maneras como en un intento de pedirle perdón a ella sólo las miré y les dije: Ni se os ocurra. Jamás nadie volvió a meterse conmigo.

Algo cambió para siempre

Cuando llegué a bachillerato ya me había librado de todos aquellos gilipollas acomplejados que habían conseguido acomplejarme a mí. Ya nadie se metía conmigo, pero llevaba esa inseguridad como instalada dentro, había dejado de hacer tantas cosas por miedo a destacar, por miedo a fallar, por miedo a que me mirasen o por miedo a la gente que había dejado de ser yo. Tenía claro que nunca iba a dejar que nadie me humillase, pero otra cosa era que me empeñase en humillarme a mí misma no dejándome volar.

En esos cursos, al ya no ser obligatorios, había gente maja. Lo mismo en la universidad, pero durante muchos años continué llena de miedos. Mientras estudiaba periodismo, por ejemplo, odiaba las clases donde había más práctica que teoría porque eso implicaba hablar en alto, debatir… en definitiva, ser el centro de atención. Allí nadie me iba a faltar el respeto, pero, ¿y si daba una opinión que les parecía tonta? Miedos, miedos y más miedos…

Nunca hablé con nadie de esto, así que quizás una ayudita psicológica me hubiera venido de perlas, pero nunca lo expresé. De hecho, si esto lo lee alguien de mi familia seguramente se sorprenda con muchos de los sentimientos que cuento.

Bueno, la cosa es que no sé en qué momento empezó todo a cambiar dentro de mi cabeza. Supongo que durante la carrera y en mis primeros trabajos conocí gente nueva y diferente, con objetivos en la vida, con la que podía mostrarme divertida, creativa, original… Y conocí también a nuevos “humilladores”, algunos incluso en forma de jefes, pero como por ahí ya tenía tan claro que no pasaba se quedaron en “intento de humilladores”… Ver cómo te impones también hace que te ganes a la gente, muchas veces a aquellos que han querido en alguna ocasión imponerse y no han sido capaces, así que creo que me fui ganando, de alguna manera, cierta fama de chica de apariencia frágil, pero con las cosas muy claras y un carácter muy sólido.

En mi trabajo como periodista he tenido que pasar por tantas situaciones tan raras y divertidas a veces, y tan complicadas otras que no me ha quedado otra que confiar en mí y en mis capacidades. A veces ha aflorado esa inseguridad que nadie sabe, pero también me he dado cuenta que ese sentimiento es humano, y que lo que no hay es que consentir que eso no te pare, sino que te sirva de carrerilla para salir con más fuerza.

Valorad todo lo bonito que tenéis, sed conscientes de todas vuestras capacidades y rodearos de personas en la intimidad que os hagan sentir bien y os hagan sentir lo mucho que valéis. Yo tengo la suerte de tener a mi lado a una persona que cree en mí, que me mete mucha caña, como él dice, pero para bien, que está ahí para darme ese empuje que a veces me falta cuando aflora aquella niña que tenía miedo de salir a la pizarra. Si encontráis a alguien así no lo dejéis escapar.

 

Nuestro espíritu

La verdad es que no era mi intención contaros todo esto, sólo quería escribir un post cortito hablando de lo importante que es quererse a pesar de lo que nos hagan sentir los demás, de que hay que amar nuestros “defectos” porque son sólo cosas que nos hacen diferentes y especiales, que no tenemos que buscar la perfección porque ya somos perfectas tal y como somos… Pero bueno, dicen que escribir es una buena terapia y, al final, pues he acabado enrollándome como las persianas… Y qué agustito me he quedado…

Sí, siempre fui una niña muy delgada. Y hoy, con 34 años, lo sigo siendo, muy delgada y muy niña. Que sí, que a veces puedo recaer en algunas inseguridades, pero ya las tengo tan controladas que al momento las anulo y digo: que os den, puedo ser un desastrito a veces y me pueden pasar mil cosas que me hacen dudar, pero tengo la suficiente fuerza como para superarlas y seguir para adelante. Eso es el espíritu de Miss Calamidades. Ese debe ser nuestro espíritu.

PD1: La delgadez, la gordura, el aparato de la boca, las orejas, ser una golfa, ser una sosa, creer en una cosa o en otra… Cuando alguien os falte el respeto no penséis en esos insultos como defectos, son excusas que buscan las personas ignorantes y faltas de autoestima y de motivación para hacer sentir inferior a los demás y así llenar su propio vacío.

PD2: ¿Sabéis que hasta hace poco no fui capaz de hacerme coletas altas y moños para no enseñar las orejas? Ni siquiera tenía ya el complejo, simplemente tenía tan instalada la manía de taparlas que se había convertido en una costumbre. Ahora luzco mis orejas de duende con orgullo, porque son realmente bonitas.

PD3: A través de Miss Calamidades comparto mis pensamientos y mi forma de sentir con vosotras, así que de alguna manera ya sois parte de mi vida y yo ya soy parte de la vuestra. En el momento en el que os ponéis una de nuestras camisetas no lleváis un trozo de tela sin más encima, os estáis vistiendo con momentos, con sensaciones, con sonrisas, con sueños, con anécdotas…

PD4: Si alguien ha conseguido llegar al final de este post que parece más bien un libro sólo os puedo decir… Mil gracias preciosuras por leer esto que os ha escrito mi corazón.

Sed libres.

One reply on “Confesiones de una perfecta imperfecta

  • Miri miri

    Hola Cris lo primero enhorabuena por haberte hecho tan fuerte la verdad yo creo que todos hemos pasado por alguna cosa parecida y efectivamente de los errores se aprende ..me ha encantado porque a la vez me he sentido identificada contigo pero ahora al igual que tú soy más fuerte.. y lo que no me interesa y me hace mal lo aparto de mi vida y te aseguro que me va mejor ..por eso me encantan vuestros mensajes.. vuestros calami setas tengo un montón de ellas en mi armario y seguiré siendo clienta ..muchas gracias por ser como sosi.un besazo y enhorabuena por esa marca..Miss CALAMIDADES

    Responder

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *