Mi extraña relación con los productos de belleza

Después de pensar mucho sobre cómo comenzar este post, creo que la mejor forma sería algo así: “Bienvenid@s a Cuarto Milenio, hoy os vamos a contar el misterioso caso de Cristina y su extraña relación con los productos de belleza” Y creo que esa sería la manera más acertada porque después de que lo leáis existen dos posibilidades:

  1. Que os sintáis identificad@s con algunas o todas mis rarezas y os echéis unas risas.
  2. Que penséis que estoy majareta perdía y os de mucho miedito.

Sea como sea, os prometí que a través de Miss Calamidades me conoceríais y así soy yo, rara de cojon… qué le vamos a hacer. Bueno, comienzo, y os recuerdo que aún estáis a tiempo de huir…

¿Cómo es posible?

Me llamo Cristina, tengo 34 años y algo raro ocurre dentro de mí.

PUEDO esperar largas colas en la caja del supermercado, incluso dejo que me pase delante la gente que sólo lleva un par de cositas.

PUEDO aguantar atascos en plena hora punta en Madrid sin aire acondicionado en el coche y cambiando compulsivamente de emisora de radio buscando una en la que no estén los anuncios.

PUEDO esperar pacientemente mi turno en el médico aunque esté con gastroenteritis y me esté cagando en to’, nunca mejor dicho…

PUEDO llegar tarde a una cita, encontrarme a mi vecina en el portal y explicarle mil veces que no, que no estoy casada, que no, que no tengo hijos, que no, que ya no trabajo en el mismo sitio y responder a mil preguntas más, las mismas cada vez que me ve.

PUEDO esperar en un cajero mientras el de delante pone al día una libreta de ahorros que no actualizaba desde el año 1935.

Pero NO, NO PUEDO, SOY INCAPAZ, ME SUPERA tener que esperar los TRES minutos que, según la parte de atrás del bote, hay que dejar reposar la mascarilla del pelo para que te haga efecto de verdad.

Por favor, estamos en el año 2016, existen móviles que parecen ordenadores, coches que parecen aviones, televisores que parecen pantallas de cine… ¿Y nadie puede inventar una dichosa mascarilla para el pelo que lo nutra de verdad sin tener que esperar TRES largos puñeteros minutos?

Lo he intentado todo. Antes la dejaba para lo último y me leía las partes de atrás de todos los frascos del baño, pero el tiempo se hacía eterno. Ahora la aplico y me recreo en darme bien con la esponja por cada esquinita de mi cuerpo, pero a ver, mi cuerpo es lo que es, soy flacucha, no da para mucho… y el hecho de notar la mascarilla ahí es como que me hace ir aún más rápido, no me relajo.

Y, bueno, la agonía aumenta porque yo sé que en realidad no son tres minutos lo que debería reposar, que mi peluquera bien que me dice: “la mascarilla, para que te haga algo, mínimo 10 o 15 minutos, que tú tienes el pelo muy fosco” De hecho, antes en los botes de mascarilla no te ponía dos o tres minutos, mínimo decían cinco, ¿pero qué ha pasado para que esto cambie? Yo tengo mi teoría. Apuesto cada uno de mis pelos a que todos los fabricantes de mascarillas en algún momento organizaron una reunión secreta de madrugada en algún lugar oculto donde llegaron a una conclusión: “O ponemos tres minutos como mucho o no vendemos ni un bote” Y así estoy yo, con las puntas abiertas cual espantapájaros porque ni a esos tres minutos soy capaz de llegar…

Extraña adicción

Si mi madre lee esto pensará: ¿pero mi hija por qué cuenta estas cosas? Lo siento mamá, haber tenido una hija con más vergüenza.

Hay otro caso extraño que me supera, pero esta vez se trata de una adicción. Sí, calamidades, tengo que confesar que SOY ADICTA. Adicta a los bastoncillos de algodón para los oídos.

Seguro que much@s os habréis echado las manos a la cabeza… Ya me parece oír: “No, eso es muy malo”, “No, se te hacen tapones”… Lo sé, todo eso es verdad, pero es lo que tiene ser adicta, que aun sabiéndolo no puedo parar.

En mi casa puede faltar cualquier cosa, pero si algún día necesitaseis un bastoncillo para los oídos y no los encontraseis en ningún lugar del universo, hacedme caso, llamadme.

Para mí, el momento del bastoncillo es uno de los mayores placeres de la vida, un momento imprescindible, de hecho debería plasmarlo en una camiseta. Sería algo así: “Siempre a tu lado”… (y la letra ‘i’ sería un bastoncillo).

He leído sobre alternativas al bastoncillo. Tengo amigas que me dicen que me eche aceite y que la suciedad sale sola (lo siento, chicas, ¿pero no hay un método que de menos asquito?), otras usan un spray que te deja las orejas impolutas (¿y que hay de ese gustirrinín del bastoncillo?)… De verdad, no puedo renunciar a ellos.

En mi frikismo me he metido en Google y he escrito “adicta a los bastoncillos”. Por favor, copiadlo tal cual en el buscador y veréis con vuestros propios ojos que, al menos, hay otras cinco o seis personas en España con mi mismo problema. Vale, no salen miles de resultados como yo esperaba, pero eso es porque la gente lo oculta. O eso quiero pensar…

Todo lo contrario

Podría tirarme siglos escribiendo sobre “Mi extraña relación con los productos de belleza”… pero no sé si merece la pena, porque llegados a este punto, much@s creo que habréis optado por la posibilidad número 2, es decir, os habré dado mucho miedito, habréis cerrado la página y habréis puesto una velita pidiendo por mí. Pero la vida da muchas vueltas y quizás estéis por aquí esas cinco o seis que salen en la búsqueda de Google sobre la “bastoncilloadicción”, así que un par más de rarezas, por vosotras.

Todo lo contrario de lo que me ocurre con las mascarillas para el cabello me sucede con las mascarillas para la cara. NO HAY TIEMPO MEJOR INVERTIDO que esos 15, o 20 o 30 minutos, según la marca, que hay que dejarse la mascarilla en la piel para que te deje los poros libres de suciedad. Ahí no veo fin. Si pone 15 me la retiro a los 25 minutos, si pone 20 a los 35 y así sucesivamente. ¿Por qué? No lo sé, si no este post se llamaría “Mi correcta relación con los productos de belleza”.

Algo ocurre dentro de mí que no me deja quitarla, sobre todo cuando son de esas que se quedan duras, cuanto más duras más me gustan… Las mascarillas, digo. Es otro vicio sin sentido. Y cuando más lo disfruto es cuando está en su pleno esplendor y me llaman por teléfono. Casi no puedes hablar porque se te arruga el bigotillo, y contestas en plan: Ni ti puedi hablaz muchi que eztoy con li mascarilli” Simplemente genial. También me suele dar por cantar, por cocinar, por doblar la colada… No hay pereza con una buena mascarilla en la cara.

Claro, luego me pasa lo que me pasa, que me la quito y estoy roja como un tomate. “Pues vaya mierda de mascarilla, me da alergia”, digo ya con los labios liberados… Ay, si es que tendría que haberla dejado el tiempo que ponía…

En fin, calamidades, otro día os hablo de la crema hidratante para la cara, que me voy a poner un post-it al lado de la pasta de dientes con una flecha hacia ella que diga: A ver si alguna noche te acuerdas de dártela, que ya no tienes 20 años”.

PD: Lo mismo que me ocurre con la mascarilla del pelo me ocurre con el pintauñas… ¿SECADO EN UN MINUTO? No sé por qué pero siempre en el transcurso de ese minuto tengo necesariamente que ir al baño, atarme los cordones de los zapatos o pelar patatas. Sí, durante ese largo minuto… Lo que os decía al principio: Gracias por acompañarnos una vez más en Cuarto Milenio, la próxima semana más misterios sin resolver…

 

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